Una ciudad es su gente

Las ciudades antes que avenidas y grandes muestras de arquitectura y paisajística, son sin duda la gente que las habita: más allá de un gran aeropuerto, por ejemplo, es la gente que sella tu pasaporte la primera huella que deja un país en tu alma.

Siempre me he sentido bien recibida al Perú. El efecto Monalisa, ese de la sonrisa recíproca, es un común aliciente.

La primera vez que vine a Lima en 2005, llegué por razones de trabajo y tenía bien puestos mis prejuicios dejados por la Perubólica de los años 90 y la fatal y espeluznante Laura Bozzo.

Lo primero que llamó mi atención fue la cordialidad en el aeropuerto y que no me esculcaron la maleta por ser colombiana, ni me pusieron en una fila especial para interrogarme. Cuando salí de migración un taxista me atendió de manera especial. Señorita, me dijo atento. Este hombre, en el lapso del aeropuerto a Miraflores por la ruta de Costa Verde, habló sobre por qué el ceviche en Perú cuenta con la gracia del limón local que lo hace único; del verdadero espíritu solidario de las polladas; de la garúa y de Chabuca y de Nicomedes Santacruz; de dolores compartidos en épocas de gobiernos tiranos.

Una ciudad es su gente y lo que la gente cree y hace de su ciudad. Finalmente, no sé si el Perú tenga la mejor gastronomía del mundo, pero será el goce del convite, la boca echa agua cuando te cuentan, el orgullo y la atadura de la panza con la memoria, lo que le da una significación tan especial a los sabores. Como que al comer anticuchos no comes simple corazón de res adobado, sino comes la memoria de la resistencia y de la alegría; como que al tomar pisco, no es solo el licor de origen, no es solo el etílico sino los soles y las vientos que lo criaron.

Los limeños son todos tan diversos como su hablar. Eso sí, pitucos, jergueros, achorados… todos creen que hablan el mejor castellano del mundo y sin acento. Y menos mal que no es cierto, porque su acento de crisol canta estás en Lima.

De mi parte, sigo afilando el oído para poder entender a la par que hablan y poder reír de sus chistes. No es tarea fácil. Tengo en la caracola de mi oído las revoluciones por minuto de mi natal Valle del Cauca, donde somos lentos de naturaleza.

Con Oscar, mi pareja, nos gusta ver la gente que pasa y entonces, como quien arma arcilla y le da soplo, nos vamos detrás de un rasgo, una mirada, un destello de luz y sombra, e inventamos personajes. Todos tan diversos, tan misteriosos, todos tan nuestros son los otros que vemos pasar por las aceras. Miramos mientras otros nos miran… y nos inventan.

Foto destacada Licencia Algunos derechos reservados por Toño / 1979

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